Querer con el freno de mano echado es como navegar por la piscina.
El amor es la droga más potente que existe. No hay euforia comparable a un primer beso, ni depresión mayor que la que produce un "ya no siento lo mismo que antes"; son experiencias que traspasan la temporalidad poblando tu memoria de una manera tan nítida que recordar esos momentos es prácticamente revivirlos. Por eso los fracasos amorosos son los peores de todos, al menos para los que hacemos la escalada sin cuerdas ni oxígeno. Cada paso en falso te destroza el corazón, se te clava entre el pecho y la garganta impidiéndote tragar y respirar con normalidad, oprime el riego sanguíneo al cerebro, y sólo puedes esperar a que esta especie de tumor se disuelva sola, nada más. Duele. Duele mucho. Te quita las ganas de volver a arriesgar.
Pero cuando se te pasa el dolor, parece que no te sirve de escarmiento y vuelves decidido a intentarlo de nuevo. Probablemente vuelvas a fracasar, pero en ese momento te da igual. La razón de la sinrazón.
Después de todo, sé que nada es permanente y que al impaciente se le olvida la miel del presente. Nada es tan urgente, nada tan importante, nada merece más la pena que el instante que tenemos delante y el siguiente y la oportunidad de hacerlo diferente
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